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Germán Palacio nació en Bogotá, en el altiplano de la cordillera oriental de los Andes colombianos, en 1957, el mismo año que la televisión en blanco y negro fue inaugurada en Colombia. En sus años de infancia y de juventud se dedicaba a la natación y al fútbol y, como todo andino nacido en tierra fría se deleitaba con aromas de azahares, plátano y café cuando descendía a tierra caliente y aventuraba por ríos pedregosos y, en aquella época, cristalinos. Más tarde, en las vacaciones de fin de año, la experiencia del mar fue ya el colmo del gozo. Un par de décadas después se fascinaría buceando en los arrecifes de coral del Caribe en las islas de San Andrés y Providencia.
Después de 12 años continuos de educación con sacerdotes escolapios, sintonizados con una época de insurgencia en la iglesia católica por su opción con los más pobres y quienes toleraron su agnosticismo impenitente, desembocó en la Facultad de Derecho de una Universidad privada, creyendo, no muy bien orientado, que se podía ayudar más a hacer justicia para todos siendo abogado que ingeniero, lo que le condujo lentamente a olvidar las matemáticas, con las cuales, hasta entonces, se sentía cómodo. Se trataba de una cuestión de prioridades. Como en aquella época las universidades privadas clausuraban sus admisiones antes que la universidad pública, tuvo que aplicar los recursos aprobados por el crédito de la institución pública de financiación de la educación superior, ICETEX, a esa admisión, lo cual se convirtió en un hecho irreversible para una persona de clase media con un padre paisa que consideraba que un pecado mayor podía ser el de “perder tiempo” gastando más del estrictamente necesario en hacer una carrera profesional. De este modo, y paradójicamente, Germán ingresó a la conservadora escuela de Derecho de la Universidad del Rosario. Sus estudios fueron enriquecidos por la visita continua al Café Pasaje, en la Plazoleta del Rosario, donde sí pudo tranzarse en graves y profundas discusiones filosóficas, sociales y políticas que probablemente le enseñaron más que los serios y respetables cursos de profesores eméritos y bien establecidos. Hay que reconocer que también habría aprendido más de esos conspicuos juristas. Casi nunca se gana todo, aunque el balance sea positivo.
Más interesado en la Justicia que en la Ley, pero desalentado por una justicia en ruinas y moralmente deleznable en el país, abandonó la idea de dedicarse a litigar y, en cambio, antes de concluir sus estudios empezó a trabajar en el Centro de Investigación y Educación Popular, CINEP, una organización no gubernamental jesuita dedicada a la investigación social y a la educación de grupos de base.
Atareado en esos asuntos y fortuitamente premiado por la opción tomada, recibió una beca improbable por parte de la Interamerican Foundation, IAF, para obtener su Maestría en la Escuela de Derecho de la Universidad de Wisconsin-Madison. Aunque sus inclinaciones sociales no habrían presagiado que continuara sus estudios en el imperio, el par de años que transcurrieron entre la Escuela de Derecho y el departamento de sociología, afianzaron la opción tomada en años previos, pero también le ayudaron a comprender más vívidamente el sueño de otros intelectuales latinoamericanos que han vislumbrado al conjunto de la región como una patria grande. Algo curioso: en Estados Unidos uno se vuelve latinoamericano.
